EDICIONES LOS DEL VALLE
Capítulo
6º - S O L E D A D -
Colgó el teléfono y le echó de menos, profundamente,
con todo su corazón.
Él era para ella el mejor amigo, el que siempre está
ahí cuando lo buscas, la persona que mejor te conoce
y la que más te comprende. Le echaba de menos sin duda,
lo encontraba mucho a faltar.
Con
él había vivido muchas cosas. Cosas del pasado
más doloroso, cosas que no se podían olvidar.
Desde el instituto supo que siempre serían amigos, que
siempre podría contar con él. Por eso estuvo a
su lado cuando aquel novio estúpido la dejó por
otra de la escuela de inglés, y también cuando
no superó las pruebas para entrar de azafata de congresos
en aquella aburrida empresa.
La
conocía bien, sabía de sus paranoias y sus cambios
de humor. Sabía distinguir, con solo mirarla a los ojos
o escuchar su tono de voz, si estaba triste o preocupada.
Era
una prolongación más de su persona, como su brazo
derecho o como su hermano gemelo. Cuando no estaba le echaba
de menos, sentía un inmenso vacío en su interior.
Con él había aprendido las cosas bonitas de la
vida, y también las más amargas. Había
sido su maestro y su alumno; siempre había podido contar
con él.
Ahora
las cosas cambiaban. Su mejor amigo ya no solo estaba lejos
de ella, sino que iba a compartir su vida con otra mujer. Se
miraría en otros ojos
y se perdería para siempre en ellos. Ahora las cosas
cambiarían radicalmente y jamás volverían
a ser iguales.
Sentía
rabia e impotencia, pero era incapaz de derramar una sola lágrima
por él.
Se
tomó un café bien cargado y salió a que
le diera el aire. Necesitaba respirar, el ambiente de la casa
la ahogaba por momentos. Recorrió las calles de la ciudad
sin apenas ser consciente. Ahora sí que las lágrimas
brotaban de sus ojos como agua de un manantial. A su mente acudían
cientos de momentos pasados en su compañía, evocaba
recuerdos de todo tipo y a sus oídos llegaban las palabras
de aliento, comprensión y cariño que siempre la
habían acompañado en su presencia.
¿Qué
se puede hacer cuando tu mejor amigo se casa porque ha conocido
a una mujer que le satisface más que tú y de la
cual está profundamente enamorado?
Por
supuesto que le deseaba la mejor de las suertes pero no podía
dejar de pensar por un momento qué habría sucedido
si las cosas hubieran sido diferentes. Si ella no hubiese sido
tan tozuda y hubiese accedido a las peticiones de él.
-El amor siempre complica las relaciones- le dijo- Si tú
y yo nos enamorásemos seguro que dejaríamos de
ser tan buenos amigos.
Era
lo que siempre había creído, por lo menos hasta
entonces. Ahora ya no era así. Estaba confusa y sus sentimientos
eran un mar bravío. Quería verle, quería
decirle, quería...
Aquel
parque le transportó a otra época, años
atrás. Aquella época en la que parece que el tiempo
se detiene o que pasa lentamente, aquella época en la
que los días son largos y la juventud florece. Aquellos
días en los que si no te atreves a hacer una cosa siempre
puedes decir "ya la haré mañana".
Si la vida le diera otra oportunidad... pero las cosas no salen
siempre como nosotros queremos y todo evoluciona en constante
cambio.
Debía
tranquilizarse y actuar con sangre fría. Analizar la
situación y ser consecuente con ella misma y con sus
sentimientos. Dejar que su amigo fuese feliz con la persona
que había elegido para ello y seguir su propio camino.
Quizá
podría irse a otra ciudad a vivir, aprovechar aquella
beca que le ofrecieran en el trabajo, después de todo
nunca había estado en Suiza y ¡quién sabe!
Tal vez allí encontraría la felicidad después
de todo.
Debía
relacionarse con otra gente, fijarse nuevas metas, conocer otros
hombres... pero no serían como él. Jamás
nadie sería como él. Amigo de confidencias y de
buenos ratos.
Los
días siguientes transcurrieron con extrema lentitud,
las horas pasaban tan despacio que parecía que se multiplicaran
por tres. Nada era capaz de llenar aquella melancolía,
aquel vacío, aquella soledad...
Empezó
a tomar pastillas, eran lo único que la calmaba y le
reducía la ansiedad, sobretodo si las revolvía
con alcohol. Dormía casi todo el tiempo, pero las noches
se le hacían eternas. No había nada que mitigase
ese dolor, era como si le hubiesen arrancado las entrañas
y el nudo que sentía constantemente en la garganta le
impidiese gritar al mundo lo que sentía.
Por
eso aquella fría tarde de noviembre decidió dar
el paso que nunca se había atrevido a dar y saltó
por la ventana del sexto piso. La policía encontró
una nota junto a su fotografía. Era la carta de una fan
soñadora y desesperada que no había podido soportar
la popularidad de su ídolo y decidió, resueltamente,
vivir su propio sueño.
Capítulo 7º - C A L O R E S -
Hacía calor aquella tarde de septiembre. El verano había
transcurrido calmado y apacible, como todos. Largas tardes de
playa, largas horas tumbado al sol leyendo o haciendo crucigramas.
Los ejercicios de natación que le recomendara su amigo
el naturópata habían hecho su efecto y ahora lucía
un tipo envidiable, era pura fibra y gozaba de una salud de
hierro.
Se
le vino a la memoria las noches de juerga desenfrenada. Cuando
conoció a aquellas dos imponentes rubias en aquel garito
de Aguadulce y anduvo tras ellas durante varios días.
¡No lo podía evitar, era un Casanova!
Ya en el colegio solía llevarse a todas las niñas
de calle, y en la facultad ¡no digamos! No era guapo guapo,
pero como le decían sus amigas, tenía sex-apeal.
Estirado
en la playa observó su cuerpo escultural. Nada, no le
sobraba ni un solo gramo de grasa. Estaba en el peso perfecto
y el bronceado que había cogido aquel verano hacía
resaltar el color miel de sus ojos haciéndole parecer,
todavía más si cabe, un joven estudiante extranjero
a pesar de sus ya estrenados cuarenta y dos lozanos veranos.
Algo
le preocupaba un poco y era la incipiente caída del cabello
que iba en progresión. Lo había probado todo,
masajes, lociones, potingues de todo tipo, hasta incluso se
hizo un injerto en Suiza; pero sus entradas cada día
ganaban un poquito más de terreno, cosa que le intranquilizaba
profundamente.
Desde
que iba a aquel gimnasio que le recomendó su amigo Stallone
se sentía más ágil y más joven.
Sus abdominales estaban tan planos y tan duros que podía
comerse en ellos y sus bíceps parecían pelotas
de tenis.
Sentía
las miradas de las niñas y no tan niñas recorrer
su cuerpazo y eso le hacía excitarse. Podía decirse
que era un narcisista sí, pero eso no le molestaba en
absoluto, sino todo lo contrario. Su trabajo y su dinero le
habían costado como para esconderse ahora de todos. Por
eso procuraba dar largos paseos por la playa en hora punta,
cuando más gente se concentraba y más ojos podían
clavarse en él; algunos locos de deseo y otros ciegos
de envidia.
Y
cuando ya cogía su Porsche, ¡no digamos! Era el
momento del día que más le gustaba. Echar su melena
al viento y recorrer kilómetros fardando de coche y ligando
con la que se cruzara en su camino con un Camel en la boca cual
Indiana Jones yuppie pijoteras de Miami Vice (que no Beach).
Le
gustaba fardar, por eso tenía tan pocos amigos. No había
muchos que estuviesen a su altura (decía él) y
solía jactarse ante todos de ser el más macho
entre los machos y el que más aguantaba en todo.
Cogió
su móvil y llamó a su agente. Le dio varias órdenes
para invertir en la bolsa de Nueva York y Tokio, preguntó
si sus acciones iban a la alza (como siempre) y se disculpó
por tener que estar ausente tanto tiempo de la empresa, pero
los negocios eran los negocios y el que tenía entre manos
no podía dejarlo escapar tan fácilmente. Colgó
con un "manténme en todo tiempo informado y besitos
a tu mujer". Sonrió hipócritamente y se dirigió
hacia el agua.
Se
hizo unos largos en estilo crowls y otros tantos en mariposa.
Cuando se estaba secando observó a una morenaza que pasaba
por allí y le dijo cuatro improperios. La exuberante
morena le sonrió, se dirigió hacia él moviendo
poderosamente sus caderas y le propinó una sonora bofetada.
Atónito
le increpó con un "Tú te lo pierdes estrecha"
y se dirigió con chulería al chiringuito más
próximo.
Eso es lo que más le sacaba de quicio, esas niñatas
que porque están buenas se creen que son el centro del
universo y pueden hacer con un tío lo que se propongan.
¡Están muy equivocadas! -Se repetía una
y otra vez- yo soy un castigador y esa no se va a reír
de mi tan fácilmente.
Preparó
un plan y aquella noche salió de caza (sin la escopeta),
deseoso de dar con su presa. Recorrió todos los bares
y pubs de la ciudad sin suerte alguna.
Durmió
mal esa noche, se veía a sí mismo en la playa
rodeado de gente que se reía de él y a la morena
diciéndole que no era lo bastante hombre como para estar
con ella.
Despertó
bañado en sudor. Esa fulana se las iba a pagar muy caras,
aún no sabía quién era él y de lo
que era capaz. Se miró en el espejo del cuarto de baño.
Tenía ojeras y las entradas eran cada vez más
grandes, crecían por momentos. Se desesperó.
Cogió
el teléfono y llamó a su psicoanalista. Necesitó
dos horas de terapia intensa para poder relajarse y quedarse
dormido.
Al día siguiente le rondó por la cabeza que quizá
aquel desagravio habría sido sólo un miserable
sueño y que no merecía la pena acordarse más
de él.
Cogió todos sus bártulos y después de desayunar
copiosamente en el hotel, eso sí, todos alimentos muy
bajos en calorías; se dirigió hacia la playa donde
alquiló una tumbona y compró varios periódicos
financieros y algunas revistas del corazón. Le gustaba
estar al día.
Se
untó de bronceador todo su cuerpo mientras era consciente
de las miradas libidinosas que le prodigaba su vecina de tumbona,
una señora algo ya entrada en años a la que le
colgaba de todo por todas partes.
"Definitivamente
en cuanto tenga algo que me cuelgue, me hago un lifting o los
que hagan falta. ¡Qué espectáculo tan bochornoso!
Estoy sintiendo vergüenza ajena. No entiendo como no le
han prohibido la entrada a este espécimen del jurásico."
El
día transcurrió sin contratiempos. Una partida
de squash, otra de tenis; unos largos en la piscina del hotel,
una sesión que quiromasaje, varios litros de agua para
hidratar y un par de gintonics para estar a tono por la noche
para comerse lo que se le pusiera por delante.
Era
guapo, era rico, era pijo, ¡qué más se le
podía pedir a la vida! Tenía todo lo que quería
y se le antojaba. No comprendía las miserias de este
mundo infame, como solían decir algunos. No comprendía
como esos pobres podían vivir así, trabajando
duramente, ensuciándose de polvo y pintura, comiendo
siempre esas inmundicias que comen ellos y sin ir a restaurantes
ni a clubs. ¡Hay gente para todo!- se dijo.
Lo
mejor de todo era quedar con cuatro de sus pardillos amigos
y subir en su yate. Sabía que a algunos de ellos les
producía envidia el tener un yate como aquel, con todo
lujo de detalles, con piscina propia, y compañía
femenina cada vez que "se estiraba un poco".
Ir
a cócteles y a fiestas no le divertía en absoluto,
pero debía hacerlo si quería lucirse y dejarse
ver con la alquilada de turno. Debía mantener viva y
jovial su imagen y ésa era la mejor manera para estar
al día de todos los cotilleos y chismes que circulaban
por su amplio y selecto circulo social.
Aquella
noche se vistió de marca (como siempre), de la mejor
(para variar), cogió su porche (para fardar) y se dirigió
al restaurante en el que se celebraría el cóctel
de honor para aquella pareja de carcas que cada año celebraban
su suerte por haber seguido juntos el mismo camino.
Llegó
temprano y como apenas vio a nadie conocido, se sentó
en la barra y pidió un ginger-ale.
Al
cabo de un rato empezaron a llegar invitados y la cosa se fue
ambientando. Cuando llegaron los homenajeados se produjo la
típica escena de siempre: un brindis por el año
que pasó y otro por el que está por venir. Después
pasaron al comedor y empezaron los cotilleos (que si fulanita
ha engordado, que si a menganito se le está cayendo el
pelo, que si yo me hice un lifting y me he operado de tal y
tal cosa, que si aquel se las entiende con su secretaria y el
otro tiene un affaire con un agente de bolsa...). Le mantuvo
interesado durante un buen rato una conversación sobre
injertos de pelo en una clínica nueva que habían
abierto en Buenos Aires y que por lo visto contaba con la última
tecnología punta en el sector.
Después
de cenar fueron a una de las discotecas de moda. Algunos y algunas
ya iban bebidos, otros necesitaban un poco más para entonarse.
A él le bastaba con un par de "rayas" para
pillar el punto. La pelirroja de las tetas grandes le había
ofrecido una de buena calidad asegurándole que era colombiana
cien por cien, se la había traído un conocido
suyo, algún pez gordo del Cartel de Cali.
Como
él nunca había necesitado el dinero, porque le
sobraba, se gastó un buen fajo de billetes en aquella
blanca sustancia y se fue a los lavabos. Aunque era consciente
de que todo el mundo sabía que" se metía",
prefería preservar su imagen haciéndolo en privado,
no fuera cosa que algún paparazzi anduviese por allí.
Era
bastante buena en verdad, y tras efectuar la operación
se sintió un hombre nuevo. Salió del cuarto de
baño con una de sus arrolladoras sonrisas y se dirigió
a la pista para mover un poco el esqueleto y darle marcha al
cuerpo. Bailando estaba cuando derramó la mirada por
toda la sala. Hasta entonces no se había fijado pero
había un "ganado" bastante potente aquella
noche por allí.
Miró
a las go-gós. Era imponente su forma de bailar, no había
duda; eran profesionales. Le llamó la atención
una chica de media melena plateada con mechones azulados. Se
movía muy bien y nadie podía poner en duda su
gusto por la música pues cada movimiento que hacía
era como si le saliese del alma en aquel mismo momento. Estuvo
un rato observándola. No podía distinguir bien
los rasgos de su cara pero seguro que era preciosa. Una de esas
nenas pervertidas con cara de no haber roto un plato en la vida
y que luego te sorprenden con las fantasías más
inverosímiles.
Seguro
que era una de esas. El no se equivocaba. Conocía bien
a las mujeres y sabía lo que les gustaba.
Recordó
a Ágata. Aquella puerca le había destrozado el
corazón de una manera cruel y despiadada. Tres años
de su vida tirados por la borda y encima la humillación
de saberse cornudo y comparado con el personal masculino de
medio bloque de oficinas en plena Diagonal de Barcelona.
Aquella
bruja se había olvidado por completo de lo que es la
piedad y encima le había dejado su sello como recuerdo
en el capó del coche con semejante despedida: y, además,
la tienes pequeña.
Sacudió
su melena e intentó olvidar aquel desagradable asunto.
¿Por qué pensar en una manzana podrida si el frutero
está a rebosar de fruta fresca?
Aquella go-gó le estaba gustando, y mucho.
Durante
toda la noche no tuvo ojos mas que para ella. Las pegajosas
calentorras que venían a perturbar su paz le tenían
sin cuidado, solo querían una cosa y él se estaba
reservando.
La
noche llegó a su fin y ya de madrugada con un ciego tremendo,
algunos de los que todavía seguían en la fiesta
(que más que una fiesta había pasado a ser una
orgía) empezaron a abandonar el antro. Él seguía
allí, impasible. Con la mirada fija en la barra donde
había estado bailando aquella chica que hacía
ya varias horas que se había ido.
Estaba
quieto, mudo; como hipnotizado. Sin duda alguna la mercancía
de Cali era de primera calidad.
En
septiembre suelen tener lugar las fiestas patronales de muchos
pueblos costeros y aquel era uno de ellos. Ya se notaba en el
ambiente la alegría de la fiesta. Las banderolas colgaban
de los balcones y las farolas dándole a las calles un
ambiente festivo. El alumbrado eléctrico de las calles
principales estaba listo para ser encendido. Todo estaba ya
dispuesto.
Después
de los juegos en la playa, la piñata infantil, la carrera
de bicicletas, el pase de modelos con el premio al " bronceado
más in", la paella en la plaza del ayuntamiento
y la procesión cristiana de la Santa Patrona del lugar,
empezó el baile popular.
El
recinto había sido debidamente acondicionado para tal
evento y la orquesta tocaba los éxitos de moda del momento
que hacían furor entre las gentes. Se dirigió
hacia la barra y se pidió un whisky doble con hielo.
A veces le divertía eso de mezclarse con el populacho
y ver cómo se divertían, la ropa que llevaban
o los bailes que bailaban. Se sentía bien, se sentía
superior a todos ellos, a esa masa borreguil, a esa marea humana
que solo sabía trabajar como burros y tener hijos que
seguirían sus mismos y lamentables pasos hacia ese abismo
que era el anonimato.
Miraba a las niñas. Esas niñas que vestían
de jeans o cualquier otra ropa sin marca ( o peor aún,
las que vestían de imitación) ¡ qué
horror, por Dios! Mujeres que sólo servirían para
trabajar y tener hijos. Que engordarían como focas y
llevarían unos cuernos de aupa cada vez que su marido
se fuera con otras o encartase entrar en algún club de
alterne con los amigos.
Menos
mal que él era hombre, y de una clase superior. Jamás
sabría lo que son los dolores de parto o las molestias
desagradables una vez al mes. Él era quien dominaba y
marcaba el territorio. Él era el gran jefe.
Una
chica delgada y de pechos poderosos estuvo coqueteando con él
casi toda la noche, le miraba, le sonreía, se movía
sinuosa, remojaba sus labios de vez en cuando con la lengua,
hasta incluso le rozó una mano mientras bailaban (cada
uno por su lado).
No
le daré tregua -se dijo- la voy a castigar. Voy a hacer
que se muera de deseo por mí.
Sobre las tres de la madrugada la flaca se cansó y se
dedicó a trabajarse al moreno de la orquesta que no estaba
nada mal.
Aquella
noche se fue a dormir solo (como de costumbre). Esas hembras
populares no son más que unas golfas sin pedigrí
-fueron sus últimas palabras antes de cerrar los ojos.
A la mañana siguiente, lo primero que hizo fue llamar
a su agente para ver cómo iban las cosas por la ciudad
y si se le echaba de menos en las reuniones sociales.
Las
noticias eran alentadoras (como siempre), sobretodo en el aspecto
económico. Nunca había tenido problemas, empezaba
ya a aburrirse porque no había nunca ningún contratiempo
bursátil; dinero, dinero, dinero. Lo poseía a
raudales y eso se daba por hecho. Era un ganador, siempre lo
había sido.
Se
fue a la playa y se tumbó en la hamaca aprovechando aquellos
últimos días de calor. Pronto volvería
a la gran urbe y explicaría a todos sus conocidos sus
ligoteos de verano y les pondría verdes de envidia con
su hiper mega bronceado natural.
Pensando
en ello estaba cuando se quedó sin aliento. Hacia él
se dirigía la impresionante go-gó que días
atrás bailara "para él" en aquel antro.
Se irguió para verla mejor y así, de paso, que
ella pudiese contemplar lo mejor posible ese paisaje moreno
y aceitoso que no era otro que el territorio de su cuerpazo
serrano.
La
chica se le acercó y sin apenas dirigirle una palabra
empezó a desnudarse y a besarlo con pasión. Se
fue caldeando el ambiente y la cosa fue a más. Allí,
en plena playa, a las once de la mañana, a vista pública;
se amaron loca y desenfrenadamente. Se había portado
como un machote, la chica yacía exhausta a su lado sin
poder articular ni una sola palabra.
Un
intenso zumbido en la oreja le despertó al instante sobresaltado.
Todo había sido un sueño ¡pero qué
sueño! Inmediatamente volvió a la realidad, su
bañador mojado y el abejorro negro que le perseguía
insistentemente hicieron que se decidiera a darse un chapuzón
en las claras aguas del Mediterráneo.
Al
cabo de un rato escuchó algunos gritos de auxilio que
provenían del agua. Sin vacilar un solo instante salió
corriendo y se zambulló de nuevo para salvar a la persona
que gritaba y sacudía sus brazos desesperada.
Al llegar a la orilla y tras hacerle expulsar el agua que había
tragado, la chica volvió a la vida y el grupo de curiosos
que se agolpaba alrededor comenzó a aplaudir. La había
salvado, era un héroe.
Cuando
ella volvió en sí, estaba aturdida. Él
la invitó a tomar algo para reanimarse y ella aceptó.
Su cara le empezó a resultar conocida a medida que ella
iba hablando y agradeciéndole su ayuda. Tenía
unas facciones muy marcadas y una voz algo grave.
Mirándola
a los ojos intentó recordar dónde había
visto esa cara. Ella hablaba y hablaba pero él ni siquiera
la oía.
Sus labios carnosos invitaban a mirarlos y más aún,
a ser besados. Sus ojos eran profundamente verdes y sus largas
pestañas parecían abanicos negros. Su nariz era
respingona y aquel lunar en la parte superior del labio le daba
un aire de sensualidad al conjunto de su cara.
¿Dónde
diablos había visto antes aquel rostro? Necesitaba averiguarlo,
era una necesidad imperiosa. La invitó a comer en el
mejor restaurante del complejo deportivo, ella había
dicho que le gustaba la vela y los deportes náuticos
así que aquel lugar la fascinaría.
Charlaron
durante toda la tarde, pasearon, comieron helados (light, eso
sí). Estar con ella le gustaba, se sentía poderosamente
atraído; pero no lograba recordar dónde había
visto antes a aquella mujer.
Quedaron en verse al día siguiente. Aquel encuentro fortuito,
fruto de las casualidades de la vida, les había unido
de una manera especial.
Llevaban
casi una semana saliendo todos los días. A veces iban
a la playa, otras se quedaban en la piscina del hotel. Iban
a alguna sala de fiestas o a pasear y navegar un rato. Los días
a su lado se le hacían muy cortos. No tenía ojos
mas que para ella, las otras habían pasado a un segundo
o tercer plano.
Aquella
tarde, mientras navegaban y veían la puesta de sol se
lo dijo. Le dijo que la amaba profundamente. La amaba como jamás
lo había hecho antes con ninguna otra; ni siquiera con
Ágata. Ella lo miró fijamente y le acarició
la mejilla. No le dijo si correspondía a ese amor.
Bajaron
al camarote del yate sin dirigirse una sola palabra. Ella se
situó frente a él y después de mirarlo
intensamente largo rato, le dio una bofetada. Aquello le dejó
atónito. Ahora empezaba a recordar. Aquella mujer, la
dueña de su amor, no era otra que la morenaza de la playa
que semanas atrás dejara la palma de su mano marcada
en su cara.
No
podía salir de su asombro. Pero ¿ por qué
lo había hecho ésta vez?
-
Quería estar segura de que sabías que era yo.
Pero aún hay otra cosa que debes saber.
Cogió su mano y se la restregó por todo su cuerpo.
Al llegar a la entrepierna algo le hizo dar un salto hacia atrás.
Algo que no esperaba encontrar allí.
- Ese es mi secreto. Es lo que quería decirte. Me he
dado cuenta que ni siquiera lo has sospechado y ya no podía
seguir así por más tiempo.
Estaba
realmente desconcertado. ¡ Ah el destino! A veces nos
juega malas pasadas.
Él,
el auténtico macho, el castigador de las nenas, el rompedor
de bragas; estaba enamorado hasta la médula de un travestí.
El mundo se le vino encima.
Capítulo 8º - E L E M I G R A N T E -
Jacinto se tenía por un buen hombre, trabajador como
el que más, y amante de su familia. Vivía en aquella
España profunda de la que todos hemos oído hablar
alguna vez. Tenía una mujer y tres hijas. Aurora, la
mayor, pronto se casaría y tendría su propio hogar.
Le quedaban Rosa y Manuela, la menor, que todavía era
una niña.
Acababan
de pasar una guerra civil y las cosas no iban demasiado bien.
Jacinto tenía deudas y la vida del campo no daba para
mucho. Había cuatro bocas que alimentar además
de la suya y por las noches le era imposible conciliar el sueño.
Decidió
vender todas sus pertenencias, menos la casa; y se despidió
de su mujer y sus hijas que lloraban desconsoladas. Se iba a
América a hacer fortuna y volvería muy pronto
con dinero para que la familia pudiera vivir con desahogo.
La
última imagen que se llevó de su familia fue la
de su mujer y sus dos hijas mayores llorando abrazadas y la
pequeña Manuela en brazos de Rosa gritándole que
volviera pronto, que lo esperaría siempre. De esta manera,
con los ojos empañados dio media vuelta y puso rumbo
al nuevo mundo que Colón descubriera una vez.
Los
comienzos fueron duros y la situación no era nada fácil
para tantos españoles que buscaban trabajo en esos países
extranjeros del otro lado del charco. Pasó miserias y
penurias hasta que por fin pudo encontrar un trabajo bueno que
le permitía pagarse una habitación a medias con
otro paisano, en una pensión barata pero limpia allá
por la argentina ciudad de Córdoba.
Mientras
tanto en España, la mujer y las hijas trabajaban en lo
que podíamos. Había muchas casas que fregar y
ropa ajena que planchar y lavar, era la única manera
de poder sacarse unas pesetas para sobrevivir. América
estaba muy lejos y padre casi no sabía escribir.
A
los ocho meses recibieron el primer telegrama, el viaje había
sido largo pero ahora ya tenía trabajo y en cuanto pudiese,
regresaría al pueblo y todo sería diferente. A
los dos años recibieron el segundo y último telegrama,
las cosas no podían ir mejor y su situación económica
había mejorado considerablemente.
Aurora
aplazó su boda durante ocho años esperando el
regreso de su padre, pero su juventud se marchitaba y con mucho
dolor en su pecho se celebró la boda sin el cabeza de
familia. Fue un día gris y estuvo empañado por
una enorme tristeza por el recuerdo del padre ausente.
La
madre murió doce años después, con la esperanza
ya apagada y con los ojos hundidos de tanto haber llorado a
su marido. Siempre decía que el día más
inesperado, se presentaría con su maleta, vestido como
un señorito y les daría una sorpresa a todas.
Él era así, imprevisible. Pero no volvió
nunca.
Rosa no pudo soportar aquello y apareció un amanecer
colgada de la encina que había detrás de la casa.
Su cadáver fue enterrado en la misma tumba en la que
yacían los restos de su madre.
Manuela
conoció a un buen hombre y se casó con él.
Como las cosas estaban regular económicamente decidieron
probar fortuna y emigraron a Colombia alejándose de tanto
dolor y tantos recuerdos.
La suerte les sonrió y tras no poco esfuerzo, consiguieron
establecerse en el país y llevar una vida cómoda
aunque sin grandes lujos.
Tuvieron tres hijos y se sintieron para siempre parte de aquel
lugar que les había acogido y les había abierto
sus puertas.
Un
día alguien llamó a la puerta de su casa. Era
un indigente que andaba pidiendo limosna. Manuela le escuchó
paciente e intuyó por el acento de aquel hombre que no
era de por allí. Le preguntó por su procedencia
y al decirle el mendigo que era español y la provincia
donde había nacido, ella asombrada le pidió que
precisase más pues conocía la zona y que le diese
más detalles de su familia. El hombre, avergonzado por
su acción en tiempos pasados rompió a llorar y
le dijo el nombre de su mujer. Ella reconoció en este
el nombre de su madre y le hizo pasar y sentarse con ellos a
la mesa.
Yo
soy Manuela y ésta es mi historia. Mi padre ha estado
viviendo con nosotros durante tres años. Nunca nos explicó
el porqué dejó de escribir y jamás pudimos
sacarle una palabra de lo que había sido de él
hasta entonces, pero durante todos los días de su vida
me pidió perdón por haberse comportado tan cobardemente
y por no haber estado al lado de mi madre todos aquellos años
de angustia y desesperación. Murió el mes pasado
rodeado de todos nosotros, mi hermana Aurora, su marido y sus
cuatro hijos. Estaba contento por haber tenido la oportunidad
de volver a vernos a casi todas.
Capítulo
9º - C A L L A D O A M O R -
Sentir su piel otra vez, ese era mi mayor deseo, mi mayor necesidad,
mi mayor anhelo. Recordaba la alegría de su mirar, el
calor de sus palabras, la ternura de sus besos, la caricia de
sus manos...
Él.
Él, que fue y ya no es. Él, que estuvo y ya no
está. Tantos sueños, tanto en común...
Aquella
experiencia no me había servido de lección, seguía
echándole de menos, le adoraba como el primer día,
como la primera vez. Recordaba cómo nos conocimos. Fue
en unos grandes almacenes ya hace algunos meses.
Yo buscaba algo especial pero no sabía qué. El
regalo ideal para sortear esos compromisos que te origina la
vida moderna y no quedar mal.
Estaba
desconcertada y de pronto le miré. Sus azules ojos estaban
clavados en mí. Me acerqué lentamente y simulé
interesarme por un objeto en concreto que él llevaba
puesto.
Pregunté el precio y ello me dio opción a poder
rozar su mano, blanca, pálida, inerte.
Cuando
salía a la calle sentía su mirada clavada en mí,
vigilándome, siguiéndome a todos lados y el caso
es que me gustaba, me sentía protegida y deseada.
A
esa visita siguió otra y otra y siempre era lo mismo,
la incertidumbre de no saber qué comprar, la mirada fija
sobre mí, la eterna sonrisa y la misma frialdad, la misma
lividez. Pero era tan feliz, tantas historias diferentes, tantas
cosas por decir...
Una
mañana me levanté temprano, había tenido
pesadillas toda la noche y no me encontraba bien. Me preparé
el desayuno y salí de casa.
Me
dirigí a los grandes almacenes a toda prisa, impaciente
por ver sus ojos, por sentirle cerca, por calmar mi sed.
Acababan de abrir pero aún no dejaban entrar a los clientes.
La espera se me hizo eterna, suspiraba de impaciencia y ansiedad
a cada momento.
Por
fin se abrieron las puertas. Me dirigí a la décima
planta, la de siempre, la nuestra. Creí volverme loca,
le busqué por todos lados pero no lo vi. Pregunté
al dependiente:
-
Sufrió una caída ayer al cambiarle el modelo y
me temo que no tiene solución.
Creí
morir al oír aquellas palabras. En su lugar había
una rubia oxigenada con una minifalda verde y una mirada fría
y seca.
Ya
no volví a ir por allí. Mi corazón se partió
en mil pedazos, no siquiera nos pudimos despedir, no pude darle
el último adiós, el último beso...
Al
salir estaba tan desolada que no sabía lo que hacía.
Comencé a vagar sin rumbo fijo, di vueltas y vueltas
por la ciudad. A media tarde, cuando todavía no me había
repuesto del duro golpe que suponía para mí su
pérdida, me senté en el banco de un parque.
Unos abuelos me miraban desconcertados, una pareja paseaba su
amor, ¡qué envidia sentí! Un grupo de niños
jugaba al fútbol con una desmesurada excitación.
Cerré
los ojos y me abandoné a mis pensamientos. Nos vi juntos
en una playa de azuladas aguas, él me untaba bronceador
por la espalda, sus manos eran cálidas, transmitían
amor.
Le
imaginé de viejecito sentado junto al hogar contando
cuentos a nuestros nietos que le adoraban ¡Nos vi de tantas
formas, viviendo tantas cosas...!
Las
voces de los niños me devolvieron a la realidad. Algo
había tropezado con mi pie, lo aparté con disgusto.
-
¡Eh, señora! ¿Nos pasa el balón?
Mis
ojos no podían dar crédito a lo que estaban viendo.
De repente ahí estaba, mirándome fijamente, había
perdido un ojo y estaba muy desmejorado. Recogí su cabeza
con mis manos y me levanté. Los niños no paraban
de gritar:
-
¡Aquí, aquí!
La
guardé en el bolso y comencé a caminar rápidamente,
cientos de lagrimas salían de mis ojos. Escuche las voces
lejanas de los niños que decían:
-
¡Eh, se lleva la pelota! ¿Está usted loca?
Ahora
está aquí, en mi mesita de noche. Es lo primero
que veo al levantarme y lo último que veo al acostarme.
Sí, ya lo sé, no tiene cuerpo pero por lo menos
me queda el consuelo de que estamos juntos.
He
vuelto muchas veces a los grandes almacenes, pero jamás
he vuelto a encontrar un maniquí tan apuesto como él.
Capítulo
10º - I L U S I O N E S -
Si alguna vez le hubieran dicho lo que iba a ser de su vida,
jamás lo hubiese creído.
Juana
vivía en un pequeño pueblo de la provincia de
Zamora, donde ni siquiera había luz eléctrica
por aquel entonces. En plena guerra civil apenas contaba la
corta edad de seis años. Veía el pueblo revolucionado,
su mente era incapaz de comprender cómo podía
ser que entre vecinos se insultasen e incluso llegaran a amenazarse
de muerte. Todo aquello le parecía parte de un juego,
un juego cruel y despiadado que hacía temblar lo que
encontraba a su paso, un extraño juego que apenas lograba
entender.
Como
era la mayor de cuatro hermanos, también era la encargada
de ir a por agua al molino y de hacer la comida para ellos.
Su padre estaba en el frente y su madre ya hacía lo que
podía dejándose el pellejo en esos campos de Dios.
Una
tarde que fue a lavar al río prefirió dar un rodeo
por el monte, pues le habían advertido de la presencia
de maquis en la zona y siempre había sentido curiosidad
por saber si de verdad tenían las orejas tan grandes
y unos enormes cuernos retorcidos.
Cuando
llevaba un rato andando escuchó un ruido y enseguida
dos hombres vestidos con ropas viejas y sucias se le acercaron.
Les dijo que no llevaba comida y que iba al río a lavar.
Los hombres le dijeron que mejor sería que fuera a casa
por algo de comer, que ellos la esperarían en el río
lavándole la ropa mientras tanto.
Juana
les creyó y corrió hacia casa por algo de pan
duro y un poco de queso de oveja. Al cabo de un rato llegó
donde estaban aquellos hombres. Se habían vestido de
mujeres con las ropas que ella había llevado a lavar
y devoraban con voraz apetito los mendrugos y el queso.
Le
dijeron a Juana que las ropas eran un préstamo y que
se las devolverían lavadas y planchadas, o mejor aún,
cuando acabase aquella maldita guerra le comprarían otras
ropas nuevas.
Ella
les creyó. Volvió a casa pensando qué le
diría a su madre para explicarle la desaparición
de las prendas y se le ocurrió que quizá su progenitora
no pensara que fuera tan buena idea lo de esperar al final de
la guerra para tener ropa nueva.
Le
entró miedo y salió a correr en busca de aquellos
dos hombres. Quizá ellos podrían ayudarla. Favor
por favor, pensó ella.
Cuando los alcanzó, los dos hombres no podían
dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo y menos
aún a lo que sus oídos escuchaban.
-
Pero niña, ¿cómo vas a venirte con nosotros?
- No seré una carga, puedo lavarles la ropa y hacerles
la comida, cocino muy bien se lo aseguro.
Al
ver que los dos hombres empezaron a andar de nuevo, Juana empezó
a llorar desconsolada. No podía volver a casa y no tenía
dónde ir. Uno de ellos le dijo al otro:
-
Oye Paco, esta niña me da pena. ¿Por qué
no nos la llevamos? No podemos dejarla aquí, se morirá
de frío.
- ¿Te has vuelto loco, Andrés? ¿Sabes lo
que estás diciendo?
- Sí, sé que es una locura, pero mírala,
¿no te da pena?
- Esta niña tiene una familia y un hogar, cosas que ni
tú ni yo tenemos, ¿queda claro?
Los
dos hombres siguieron andando sin volver la vista atrás
y Juana corrió tras ellos pidiéndoles ayuda hasta
que los perdió de vista. Empezaba ya a caer la noche,
que prometía ser bastante fría, y ya ni siquiera
sabía dónde estaba el camino de vuelta a casa.
Los
lobos aullaban en la oscuridad y sus tripas empezaron a hacer
ruido, más por el miedo que por el hambre que sentía.
Pasó
la noche como pudo entre unos matorrales al abrigo de una cueva
y a la mañana siguiente decidió emprender la marcha.
Igual tenía un poco de suerte y encontraba algún
pastor que le indicara dónde se encontraba el pueblo.
Por muy grande que fuera la paliza que le pegara su madre, jamás
sería tan terrible como vagabundear por el monte sin
absolutamente nada que llevarse a la boca y más sola
que la una.
Anduvo
durante horas hasta que le salieron ampollas en los pies. A
veces cantaba alguna canción para hacerse compañía
y no sentirse tan sola, pero al final de la jornada cayó
rendida al suelo, cansada, herida y hambrienta; pero sobretodo,
muy asustada.
Pasados dos días de no parar de caminar y de comer sólo
hinojos que encontraba a su paso, Juana perdió todas
las esperanzas de encontrar su pueblo.
No
había restos de vida humana por las cercanías
y mataba el miedo soñando que quizá caminando
se encontraría con el frente donde luchaba su padre y
entonces él la llevaría de nuevo a casa.
Por
las noches, a veces oía ruidos de bala lejanos. Intentaba
orientarse en la oscuridad para saber, a la mañana siguiente,
cuál era la dirección que debía tomar,
pero por el día ya no recordaba de dónde habían
sonado los tiros y comenzaba de nuevo a vagar sin rumbo alguno.
Una
mañana la despertó una fuerte sacudida, pensó
que quizá sería un terremoto. Ella nunca había
sentido ninguno pero recordaba haber oído hablar a su
abuelo de uno muy grande que hubo una vez, cuando él
era joven. Después se dio cuenta que aquello que sonaba
tan fuerte eran cañonazos y ella no estaba muy lejos
de donde caían las bombas precisamente.
De
repente sintió un fuerte dolor en el pecho y todo lo
vio blanco. Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, Juana se hallaba
postrada en una cama de algún improvisado hospital militar.
A su alrededor había soldados que se quejaban, otros
que leían cartas, otros charlaban entre sí. Asustada
recordó lo que había sucedido, se acordó
de su madre, de sus hermanos y de aquellos dos hombres y la
ropa que iba a lavar al río y sintió pánico.
-
No te asustes guapa, aquí estás a salvo - le dijo
un hombre que estaba echado en la cama de al lado y que tenía
vendada una pierna y una mano.
- Es que... no sé dónde estoy... mi madre debe
andar buscándome y yo... debo volver a casa
- ¿ A casa? Allí es donde todos deberíamos
estar, en casa. Calentitos, abrigados y bien comidos. Esta maldita
guerra nos está matando a todos, a unos lo hace de forma
literal y a otros nos mata por dentro que es peor. Tú
y yo hemos tenido mucha suerte después de todo, hemos
salvado la vida. Lo que me pregunto es qué diablos hacías
fuera de casa a esas horas, el bombardeo fue de madrugada.
Juana
rompió a llorar y el soldado intentó animarla
como pudo.
-
No te preocupes pequeña, ya verás como encontramos
a tu familia - le dijo sin mucha convicción.
Al
rato llegó una enfermera y la hizo sentirse algo mejor.
Pasados
unos días Juana pasó a ser la "mascota"
del hospital, su abanderada. Los soldados le cogieron cariño
y la iban a visitar llevándole alguna flor, incluso uno
le hizo un retrato.
Cuando
se puso bien del todo decidieron que lo mejor era ingresarla
en un orfanato. Allí por lo menos estaría con
otros niños de su edad. Un hospital militar no era lugar
para una niña de seis años.
Así
transcurrió la infancia de Juana, en un orfanato con
unas monjas algo quisquillosas. A veces, por las noches, soñaba
que su madre y sus hermanos la venían a buscar y entonces
volvían todos juntos al pueblo como si nada hubiera pasado.
Al poco tiempo, su padre regresaba para siempre y todo volvía
a ser como antes. Pero sólo eran sueños y la realidad
era bien diferente.
En
el orfanato apenas se relacionaba con los otros niños,
no comprendía por qué aquellos soldados y aquellas
enfermeras también la habían abandonado a su suerte
en aquel horrible edificio de sucias y desconchadas paredes
con aquellas monjas que le daban miedo y con aquellos niños
crueles que le pegaban y la llamaban "la manca". Y
es que aquella maldita madrugada, aquella potente y cegadora
luz no sólo le arrebató para siempre la ilusión
de vivir sino que con ella también se llevó su
brazo izquierdo con un espantoso dolor y olor a sangre y muerte.
Ahora se puede ver a Juana por las calles del barrio chino,
con un rostro apagado y una mirada totalmente muerta. Ha hecho
de todo para sobrevivir y ya tiene sus propios clientes, pocos,
pero fijos. A esos hombres les da morbo que le falte un brazo
y dicen que sabe suplir muy bien su falta con otras cosas.
Capítulo 11º - B U E N R O L L O -
Ese es el tipo de gente que me revuelve las tripas y me hace
vomitar. Alguien que se cree tan prepotente que todos deben
bailar al son que él toca en el momento que a él
le apetece, que porque dice una gracia el día que está
de buen humor todos deben reírsela, que cuando está
de buenas todos deben estarlo también.
Una
vez conocí a un tipo así. Era profesor en la Facultad
de Ciencias de la Información. Sus alumnos le odiaban
porque los días que estaba de mal humor se dedicaba a
insultarles y faltarles al respeto. Solía putearles a
menudo en los exámenes poniendo preguntas sobre temas
que ni siquiera habían llegado a dar o paranoias varias
como una vez que en un final les preguntó la diferencia
que existía entre una corchea y una blanca...
Los alumnos no se atrevieron a sublevarse y los pocos que entendían
algo de música campearon el temporal como pudieron, "un
buen periodista debe saber de todo"- solía decir.
Todos
los días pasaba lista y ridiculizaba a los no presentes
con una falta de moral y de ética profesional que tiraba
de espaldas. El día que un alumno se le atravesaba ya
podía darse por perdido porque ni una sola de sus virtudes
saldría a flote, lo convertiría en el inútil
más inútil de todos, en la persona menos válida
del mundo.
Era
un tipo que decía entender de todo, a veces se le iba
la clase en elucubraciones sobre sus batallitas en diversas
agencias de Nueva York, sus correrías por la Gran Manzana
en las que no faltaba ningún detalle sobre sobornos,
estafas, trapicheos con drogas y correrías sexuales de
todo tipo.
Él
era un hombre de mundo, un hombre que conocía los pormenores
del mundillo, que sabía cómo y dónde conseguir
la mejor noticia, la más jugosa. Su mejor excusa era
que él se había alejado de toda esa vorágine
porque había decidido consagrar su brillante carrera
a la enseñanza para llevar a cabo un logro mayor aún
si cabe, el de conseguir hacer de unos perfectos idiotas, periodistas
cabales y bien formados; ardua tarea en la que aseguraba a veces
hasta ponía en peligro su propia salud por la ineptitud
de sus alumnos.
Su fijación era sacar continuamente a relucir noticias
que tuviesen que ver con los campos de concentración,
los nazis, los skins, los apaleamientos a mendigos y gays, los
negros y demás subrazas(como él decía)
le tenían sin cuidado. Cualquier excusa era buena para
pasar unas diapositivas sobre Auschwitz o Mauthausen imágenes
en las que se recreaba una y otra vez mientras una especie de
mueca en su cara reflejaba cierto morbo tratando determinado
tipo de asuntos.
Pero
si contra alguien proyectaba sus frustraciones más recónditas
era contra las mujeres; no había una sola alumna suya
que no hubiese visto minado su orgullo ante la tiranía
continua a la que todas eran sometidas, vejadas como meros objetos
sexuales, como seres sin cerebro y sin alma a los que se puede
humillar sin compasión alguna porque no tienen sentimientos.
Un
día su violencia llegó a tal extremo que se ensañó
contra una pobre muchacha que tuvo un par de problemas para
acertar con algunos verbos en un artículo sobre las refinerías
de petróleo en Kuwait.
Los ojos se le salían de las órbitas, las venas
del cuello estaban tan hinchadas que parecía que de un
momento a otro estallarían y su descarga fue tan brutal
que hasta dos aulas más allá se hicieron eco de
su monumental enfado.
A
la salida de la Facultad un coche lo lanzó cuatro metros
más allá del paso de peatones por el que cruzaba
en aquel momento. Su recuperación fue tan lenta que necesitó
años para poder volver a caminar, sin embargo, nunca
llegó a recuperar el habla. Jamás volvió
a insultar a nadie, por su boca no volvió a salir ninguna
otra humillación.
Ahora
no puede dar clases y se dedica a escribir algún que
otro artículo para un periódico local y he visto
su nombre impreso en la sección de "Cartas al director"
despotricando contra la falta de vergüenza de los jóvenes
hoy día.
Aquí
en Wad Ras si tienes buena conducta no se portan mal contigo,
algunos funcionarios hasta pueden llegar a comprender las razones
que me incitaron a cometer aquel acto.
Yo por mi parte, nunca he publicado nada pero sí he conseguido
el sueño de todo periodista: ver mi nombre en titulares
aunque fuera en la página de sucesos; menos es nada.
Capítulo 12º - ¡ S ON R E I R ! ¿ Y
E S O C Ó M O S E H A C E ? -
Nunca sabes cómo vas a acertar... Recuerdo cuando de
pequeña en el colegio, me acercaba a las hermanas y les
recitaba la lección del día a la hora del recreo
pensando que aquello las haría felices... pero me castigaban
a copiar por haber sido maleducada y haber interrumpido su descanso
o alguna conversación.
Era
tan frustrante sentirse así, así como me siento
ahora. Es frustrante sentirse impotente, como si una apisonadora
viniese directa hacia mí y yo estuviese paralizada sin
poder hacer absolutamente nada de nada...
En casa era peor. Papá solía obligarnos a Layo
y a mí a hacer aquellas cosas horribles... yo nunca quería
pero él insistía una y otra vez en que no era
pecado y que desobedecer a un padre sí lo era...
Lloraba
todo el rato. Lo mismo que con Rafael. Recuerdo la primera vez...
¡fue tan desagradable! Yo pensé que realmente aquello
dolía, que tenía que ser así porque no
había conocido otra cosa y él se empeñaba
en hacerlo una y otra vez, como lo hacía papá.
Esa
fue la primera, pero después ha habido otras muchas...
Intentar disimular los moretones no me ha servido de nada, al
final son los que no se ven, los que van por dentro, los que
más duelen. Los moretones del alma son los que más
duelen... Y tú intentas seguir viva, sonreír por
la calle y hacerles ver a tus hijos que todo va bien y que sois
un matrimonio feliz.
Y vuelves de nuevo a esa angustia, a esa sensación de
frustración de la que hablé al principio, la que
te lleva a no querer ser nada, a desaparecer, desaparecer...
Cuando
antes de venir a este hospital tomé todas aquellas pastillas
no lo hice por mí, fue por mis hijos... para intentar
agradarles, para ser una persona cabal y entera, para ser lo
que nunca fui, una buena madre para ellos...
Creo
que volví a equivocarme. La gente se encarga de recordármelo
cada día y me hace reproches, como aquellas monjas, y
yo vuelvo a sentirme pequeña como entonces, como me he
sentido toda mi vida, como creo que sólo soy capaz de
sentirme...
Y
quieres agradar, quieres agradarte, pero eso está tan
lejos de la realidad... Mi madre me decía siempre "A
este mundo no se viene a otra cosa que a sufrir" y a eso
es a lo que me he acostumbrado. Sonreír es para mí
un ejercicio imposible, algo que tengo completamente olvidado.
Mañana será otro día