Associació Lírica Music Art
LOS DEL VALLE
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Capítulo 6º - S O L E D A D -


Colgó el teléfono y le echó de menos, profundamente, con todo su corazón.
Él era para ella el mejor amigo, el que siempre está ahí cuando lo buscas, la persona que mejor te conoce y la que más te comprende. Le echaba de menos sin duda, lo encontraba mucho a faltar.

Con él había vivido muchas cosas. Cosas del pasado más doloroso, cosas que no se podían olvidar. Desde el instituto supo que siempre serían amigos, que siempre podría contar con él. Por eso estuvo a su lado cuando aquel novio estúpido la dejó por otra de la escuela de inglés, y también cuando no superó las pruebas para entrar de azafata de congresos en aquella aburrida empresa.

La conocía bien, sabía de sus paranoias y sus cambios de humor. Sabía distinguir, con solo mirarla a los ojos o escuchar su tono de voz, si estaba triste o preocupada.

Era una prolongación más de su persona, como su brazo derecho o como su hermano gemelo. Cuando no estaba le echaba de menos, sentía un inmenso vacío en su interior. Con él había aprendido las cosas bonitas de la vida, y también las más amargas. Había sido su maestro y su alumno; siempre había podido contar con él.

Ahora las cosas cambiaban. Su mejor amigo ya no solo estaba lejos de ella, sino que iba a compartir su vida con otra mujer. Se miraría en otros ojos
y se perdería para siempre en ellos. Ahora las cosas cambiarían radicalmente y jamás volverían a ser iguales.

Sentía rabia e impotencia, pero era incapaz de derramar una sola lágrima por él.

Se tomó un café bien cargado y salió a que le diera el aire. Necesitaba respirar, el ambiente de la casa la ahogaba por momentos. Recorrió las calles de la ciudad sin apenas ser consciente. Ahora sí que las lágrimas brotaban de sus ojos como agua de un manantial. A su mente acudían cientos de momentos pasados en su compañía, evocaba recuerdos de todo tipo y a sus oídos llegaban las palabras de aliento, comprensión y cariño que siempre la habían acompañado en su presencia.

¿Qué se puede hacer cuando tu mejor amigo se casa porque ha conocido a una mujer que le satisface más que tú y de la cual está profundamente enamorado?

Por supuesto que le deseaba la mejor de las suertes pero no podía dejar de pensar por un momento qué habría sucedido si las cosas hubieran sido diferentes. Si ella no hubiese sido tan tozuda y hubiese accedido a las peticiones de él.
-El amor siempre complica las relaciones- le dijo- Si tú y yo nos enamorásemos seguro que dejaríamos de ser tan buenos amigos.

Era lo que siempre había creído, por lo menos hasta entonces. Ahora ya no era así. Estaba confusa y sus sentimientos eran un mar bravío. Quería verle, quería decirle, quería...

Aquel parque le transportó a otra época, años atrás. Aquella época en la que parece que el tiempo se detiene o que pasa lentamente, aquella época en la que los días son largos y la juventud florece. Aquellos días en los que si no te atreves a hacer una cosa siempre puedes decir "ya la haré mañana".
Si la vida le diera otra oportunidad... pero las cosas no salen siempre como nosotros queremos y todo evoluciona en constante cambio.

Debía tranquilizarse y actuar con sangre fría. Analizar la situación y ser consecuente con ella misma y con sus sentimientos. Dejar que su amigo fuese feliz con la persona que había elegido para ello y seguir su propio camino.

Quizá podría irse a otra ciudad a vivir, aprovechar aquella beca que le ofrecieran en el trabajo, después de todo nunca había estado en Suiza y ¡quién sabe! Tal vez allí encontraría la felicidad después de todo.

Debía relacionarse con otra gente, fijarse nuevas metas, conocer otros hombres... pero no serían como él. Jamás nadie sería como él. Amigo de confidencias y de buenos ratos.

Los días siguientes transcurrieron con extrema lentitud, las horas pasaban tan despacio que parecía que se multiplicaran por tres. Nada era capaz de llenar aquella melancolía, aquel vacío, aquella soledad...

Empezó a tomar pastillas, eran lo único que la calmaba y le reducía la ansiedad, sobretodo si las revolvía con alcohol. Dormía casi todo el tiempo, pero las noches se le hacían eternas. No había nada que mitigase ese dolor, era como si le hubiesen arrancado las entrañas y el nudo que sentía constantemente en la garganta le impidiese gritar al mundo lo que sentía.

Por eso aquella fría tarde de noviembre decidió dar el paso que nunca se había atrevido a dar y saltó por la ventana del sexto piso. La policía encontró una nota junto a su fotografía. Era la carta de una fan soñadora y desesperada que no había podido soportar la popularidad de su ídolo y decidió, resueltamente, vivir su propio sueño.


Capítulo 7º - C A L O R E S -


Hacía calor aquella tarde de septiembre. El verano había transcurrido calmado y apacible, como todos. Largas tardes de playa, largas horas tumbado al sol leyendo o haciendo crucigramas. Los ejercicios de natación que le recomendara su amigo el naturópata habían hecho su efecto y ahora lucía un tipo envidiable, era pura fibra y gozaba de una salud de hierro.

Se le vino a la memoria las noches de juerga desenfrenada. Cuando conoció a aquellas dos imponentes rubias en aquel garito de Aguadulce y anduvo tras ellas durante varios días. ¡No lo podía evitar, era un Casanova!
Ya en el colegio solía llevarse a todas las niñas de calle, y en la facultad ¡no digamos! No era guapo guapo, pero como le decían sus amigas, tenía sex-apeal.

Estirado en la playa observó su cuerpo escultural. Nada, no le sobraba ni un solo gramo de grasa. Estaba en el peso perfecto y el bronceado que había cogido aquel verano hacía resaltar el color miel de sus ojos haciéndole parecer, todavía más si cabe, un joven estudiante extranjero a pesar de sus ya estrenados cuarenta y dos lozanos veranos.

Algo le preocupaba un poco y era la incipiente caída del cabello que iba en progresión. Lo había probado todo, masajes, lociones, potingues de todo tipo, hasta incluso se hizo un injerto en Suiza; pero sus entradas cada día ganaban un poquito más de terreno, cosa que le intranquilizaba profundamente.

Desde que iba a aquel gimnasio que le recomendó su amigo Stallone se sentía más ágil y más joven. Sus abdominales estaban tan planos y tan duros que podía comerse en ellos y sus bíceps parecían pelotas de tenis.

Sentía las miradas de las niñas y no tan niñas recorrer su cuerpazo y eso le hacía excitarse. Podía decirse que era un narcisista sí, pero eso no le molestaba en absoluto, sino todo lo contrario. Su trabajo y su dinero le habían costado como para esconderse ahora de todos. Por eso procuraba dar largos paseos por la playa en hora punta, cuando más gente se concentraba y más ojos podían clavarse en él; algunos locos de deseo y otros ciegos de envidia.

Y cuando ya cogía su Porsche, ¡no digamos! Era el momento del día que más le gustaba. Echar su melena al viento y recorrer kilómetros fardando de coche y ligando con la que se cruzara en su camino con un Camel en la boca cual Indiana Jones yuppie pijoteras de Miami Vice (que no Beach).

Le gustaba fardar, por eso tenía tan pocos amigos. No había muchos que estuviesen a su altura (decía él) y solía jactarse ante todos de ser el más macho entre los machos y el que más aguantaba en todo.

Cogió su móvil y llamó a su agente. Le dio varias órdenes para invertir en la bolsa de Nueva York y Tokio, preguntó si sus acciones iban a la alza (como siempre) y se disculpó por tener que estar ausente tanto tiempo de la empresa, pero los negocios eran los negocios y el que tenía entre manos no podía dejarlo escapar tan fácilmente. Colgó con un "manténme en todo tiempo informado y besitos a tu mujer". Sonrió hipócritamente y se dirigió hacia el agua.

Se hizo unos largos en estilo crowls y otros tantos en mariposa. Cuando se estaba secando observó a una morenaza que pasaba por allí y le dijo cuatro improperios. La exuberante morena le sonrió, se dirigió hacia él moviendo poderosamente sus caderas y le propinó una sonora bofetada.

Atónito le increpó con un "Tú te lo pierdes estrecha" y se dirigió con chulería al chiringuito más próximo.
Eso es lo que más le sacaba de quicio, esas niñatas que porque están buenas se creen que son el centro del universo y pueden hacer con un tío lo que se propongan. ¡Están muy equivocadas! -Se repetía una y otra vez- yo soy un castigador y esa no se va a reír de mi tan fácilmente.

Preparó un plan y aquella noche salió de caza (sin la escopeta), deseoso de dar con su presa. Recorrió todos los bares y pubs de la ciudad sin suerte alguna.

Durmió mal esa noche, se veía a sí mismo en la playa rodeado de gente que se reía de él y a la morena diciéndole que no era lo bastante hombre como para estar con ella.

Despertó bañado en sudor. Esa fulana se las iba a pagar muy caras, aún no sabía quién era él y de lo que era capaz. Se miró en el espejo del cuarto de baño. Tenía ojeras y las entradas eran cada vez más grandes, crecían por momentos. Se desesperó.

Cogió el teléfono y llamó a su psicoanalista. Necesitó dos horas de terapia intensa para poder relajarse y quedarse dormido.
Al día siguiente le rondó por la cabeza que quizá aquel desagravio habría sido sólo un miserable sueño y que no merecía la pena acordarse más de él.
Cogió todos sus bártulos y después de desayunar copiosamente en el hotel, eso sí, todos alimentos muy bajos en calorías; se dirigió hacia la playa donde alquiló una tumbona y compró varios periódicos financieros y algunas revistas del corazón. Le gustaba estar al día.

Se untó de bronceador todo su cuerpo mientras era consciente de las miradas libidinosas que le prodigaba su vecina de tumbona, una señora algo ya entrada en años a la que le colgaba de todo por todas partes.

"Definitivamente en cuanto tenga algo que me cuelgue, me hago un lifting o los que hagan falta. ¡Qué espectáculo tan bochornoso! Estoy sintiendo vergüenza ajena. No entiendo como no le han prohibido la entrada a este espécimen del jurásico."

El día transcurrió sin contratiempos. Una partida de squash, otra de tenis; unos largos en la piscina del hotel, una sesión que quiromasaje, varios litros de agua para hidratar y un par de gintonics para estar a tono por la noche para comerse lo que se le pusiera por delante.

Era guapo, era rico, era pijo, ¡qué más se le podía pedir a la vida! Tenía todo lo que quería y se le antojaba. No comprendía las miserias de este mundo infame, como solían decir algunos. No comprendía como esos pobres podían vivir así, trabajando duramente, ensuciándose de polvo y pintura, comiendo siempre esas inmundicias que comen ellos y sin ir a restaurantes ni a clubs. ¡Hay gente para todo!- se dijo.

Lo mejor de todo era quedar con cuatro de sus pardillos amigos y subir en su yate. Sabía que a algunos de ellos les producía envidia el tener un yate como aquel, con todo lujo de detalles, con piscina propia, y compañía femenina cada vez que "se estiraba un poco".

Ir a cócteles y a fiestas no le divertía en absoluto, pero debía hacerlo si quería lucirse y dejarse ver con la alquilada de turno. Debía mantener viva y jovial su imagen y ésa era la mejor manera para estar al día de todos los cotilleos y chismes que circulaban por su amplio y selecto circulo social.

Aquella noche se vistió de marca (como siempre), de la mejor (para variar), cogió su porche (para fardar) y se dirigió al restaurante en el que se celebraría el cóctel de honor para aquella pareja de carcas que cada año celebraban su suerte por haber seguido juntos el mismo camino.

Llegó temprano y como apenas vio a nadie conocido, se sentó en la barra y pidió un ginger-ale.

Al cabo de un rato empezaron a llegar invitados y la cosa se fue ambientando. Cuando llegaron los homenajeados se produjo la típica escena de siempre: un brindis por el año que pasó y otro por el que está por venir. Después pasaron al comedor y empezaron los cotilleos (que si fulanita ha engordado, que si a menganito se le está cayendo el pelo, que si yo me hice un lifting y me he operado de tal y tal cosa, que si aquel se las entiende con su secretaria y el otro tiene un affaire con un agente de bolsa...). Le mantuvo interesado durante un buen rato una conversación sobre injertos de pelo en una clínica nueva que habían abierto en Buenos Aires y que por lo visto contaba con la última tecnología punta en el sector.

Después de cenar fueron a una de las discotecas de moda. Algunos y algunas ya iban bebidos, otros necesitaban un poco más para entonarse. A él le bastaba con un par de "rayas" para pillar el punto. La pelirroja de las tetas grandes le había ofrecido una de buena calidad asegurándole que era colombiana cien por cien, se la había traído un conocido suyo, algún pez gordo del Cartel de Cali.

Como él nunca había necesitado el dinero, porque le sobraba, se gastó un buen fajo de billetes en aquella blanca sustancia y se fue a los lavabos. Aunque era consciente de que todo el mundo sabía que" se metía", prefería preservar su imagen haciéndolo en privado, no fuera cosa que algún paparazzi anduviese por allí.

Era bastante buena en verdad, y tras efectuar la operación se sintió un hombre nuevo. Salió del cuarto de baño con una de sus arrolladoras sonrisas y se dirigió a la pista para mover un poco el esqueleto y darle marcha al cuerpo. Bailando estaba cuando derramó la mirada por toda la sala. Hasta entonces no se había fijado pero había un "ganado" bastante potente aquella noche por allí.

Miró a las go-gós. Era imponente su forma de bailar, no había duda; eran profesionales. Le llamó la atención una chica de media melena plateada con mechones azulados. Se movía muy bien y nadie podía poner en duda su gusto por la música pues cada movimiento que hacía era como si le saliese del alma en aquel mismo momento. Estuvo un rato observándola. No podía distinguir bien los rasgos de su cara pero seguro que era preciosa. Una de esas nenas pervertidas con cara de no haber roto un plato en la vida y que luego te sorprenden con las fantasías más inverosímiles.

Seguro que era una de esas. El no se equivocaba. Conocía bien a las mujeres y sabía lo que les gustaba.

Recordó a Ágata. Aquella puerca le había destrozado el corazón de una manera cruel y despiadada. Tres años de su vida tirados por la borda y encima la humillación de saberse cornudo y comparado con el personal masculino de medio bloque de oficinas en plena Diagonal de Barcelona.

Aquella bruja se había olvidado por completo de lo que es la piedad y encima le había dejado su sello como recuerdo en el capó del coche con semejante despedida: y, además, la tienes pequeña.

Sacudió su melena e intentó olvidar aquel desagradable asunto. ¿Por qué pensar en una manzana podrida si el frutero está a rebosar de fruta fresca?
Aquella go-gó le estaba gustando, y mucho.

Durante toda la noche no tuvo ojos mas que para ella. Las pegajosas calentorras que venían a perturbar su paz le tenían sin cuidado, solo querían una cosa y él se estaba reservando.

La noche llegó a su fin y ya de madrugada con un ciego tremendo, algunos de los que todavía seguían en la fiesta (que más que una fiesta había pasado a ser una orgía) empezaron a abandonar el antro. Él seguía allí, impasible. Con la mirada fija en la barra donde había estado bailando aquella chica que hacía ya varias horas que se había ido.

Estaba quieto, mudo; como hipnotizado. Sin duda alguna la mercancía de Cali era de primera calidad.

En septiembre suelen tener lugar las fiestas patronales de muchos pueblos costeros y aquel era uno de ellos. Ya se notaba en el ambiente la alegría de la fiesta. Las banderolas colgaban de los balcones y las farolas dándole a las calles un ambiente festivo. El alumbrado eléctrico de las calles principales estaba listo para ser encendido. Todo estaba ya dispuesto.

Después de los juegos en la playa, la piñata infantil, la carrera de bicicletas, el pase de modelos con el premio al " bronceado más in", la paella en la plaza del ayuntamiento y la procesión cristiana de la Santa Patrona del lugar, empezó el baile popular.

El recinto había sido debidamente acondicionado para tal evento y la orquesta tocaba los éxitos de moda del momento que hacían furor entre las gentes. Se dirigió hacia la barra y se pidió un whisky doble con hielo.
A veces le divertía eso de mezclarse con el populacho y ver cómo se divertían, la ropa que llevaban o los bailes que bailaban. Se sentía bien, se sentía superior a todos ellos, a esa masa borreguil, a esa marea humana que solo sabía trabajar como burros y tener hijos que seguirían sus mismos y lamentables pasos hacia ese abismo que era el anonimato.
Miraba a las niñas. Esas niñas que vestían de jeans o cualquier otra ropa sin marca ( o peor aún, las que vestían de imitación) ¡ qué horror, por Dios! Mujeres que sólo servirían para trabajar y tener hijos. Que engordarían como focas y llevarían unos cuernos de aupa cada vez que su marido se fuera con otras o encartase entrar en algún club de alterne con los amigos.

Menos mal que él era hombre, y de una clase superior. Jamás sabría lo que son los dolores de parto o las molestias desagradables una vez al mes. Él era quien dominaba y marcaba el territorio. Él era el gran jefe.

Una chica delgada y de pechos poderosos estuvo coqueteando con él casi toda la noche, le miraba, le sonreía, se movía sinuosa, remojaba sus labios de vez en cuando con la lengua, hasta incluso le rozó una mano mientras bailaban (cada uno por su lado).

No le daré tregua -se dijo- la voy a castigar. Voy a hacer que se muera de deseo por mí.
Sobre las tres de la madrugada la flaca se cansó y se dedicó a trabajarse al moreno de la orquesta que no estaba nada mal.

Aquella noche se fue a dormir solo (como de costumbre). Esas hembras populares no son más que unas golfas sin pedigrí -fueron sus últimas palabras antes de cerrar los ojos.


A la mañana siguiente, lo primero que hizo fue llamar a su agente para ver cómo iban las cosas por la ciudad y si se le echaba de menos en las reuniones sociales.

Las noticias eran alentadoras (como siempre), sobretodo en el aspecto económico. Nunca había tenido problemas, empezaba ya a aburrirse porque no había nunca ningún contratiempo bursátil; dinero, dinero, dinero. Lo poseía a raudales y eso se daba por hecho. Era un ganador, siempre lo había sido.

Se fue a la playa y se tumbó en la hamaca aprovechando aquellos últimos días de calor. Pronto volvería a la gran urbe y explicaría a todos sus conocidos sus ligoteos de verano y les pondría verdes de envidia con su hiper mega bronceado natural.

Pensando en ello estaba cuando se quedó sin aliento. Hacia él se dirigía la impresionante go-gó que días atrás bailara "para él" en aquel antro. Se irguió para verla mejor y así, de paso, que ella pudiese contemplar lo mejor posible ese paisaje moreno y aceitoso que no era otro que el territorio de su cuerpazo serrano.

La chica se le acercó y sin apenas dirigirle una palabra empezó a desnudarse y a besarlo con pasión. Se fue caldeando el ambiente y la cosa fue a más. Allí, en plena playa, a las once de la mañana, a vista pública; se amaron loca y desenfrenadamente. Se había portado como un machote, la chica yacía exhausta a su lado sin poder articular ni una sola palabra.

Un intenso zumbido en la oreja le despertó al instante sobresaltado. Todo había sido un sueño ¡pero qué sueño! Inmediatamente volvió a la realidad, su bañador mojado y el abejorro negro que le perseguía insistentemente hicieron que se decidiera a darse un chapuzón en las claras aguas del Mediterráneo.

Al cabo de un rato escuchó algunos gritos de auxilio que provenían del agua. Sin vacilar un solo instante salió corriendo y se zambulló de nuevo para salvar a la persona que gritaba y sacudía sus brazos desesperada.
Al llegar a la orilla y tras hacerle expulsar el agua que había tragado, la chica volvió a la vida y el grupo de curiosos que se agolpaba alrededor comenzó a aplaudir. La había salvado, era un héroe.

Cuando ella volvió en sí, estaba aturdida. Él la invitó a tomar algo para reanimarse y ella aceptó. Su cara le empezó a resultar conocida a medida que ella iba hablando y agradeciéndole su ayuda. Tenía unas facciones muy marcadas y una voz algo grave.

Mirándola a los ojos intentó recordar dónde había visto esa cara. Ella hablaba y hablaba pero él ni siquiera la oía.
Sus labios carnosos invitaban a mirarlos y más aún, a ser besados. Sus ojos eran profundamente verdes y sus largas pestañas parecían abanicos negros. Su nariz era respingona y aquel lunar en la parte superior del labio le daba un aire de sensualidad al conjunto de su cara.

¿Dónde diablos había visto antes aquel rostro? Necesitaba averiguarlo, era una necesidad imperiosa. La invitó a comer en el mejor restaurante del complejo deportivo, ella había dicho que le gustaba la vela y los deportes náuticos así que aquel lugar la fascinaría.

Charlaron durante toda la tarde, pasearon, comieron helados (light, eso sí). Estar con ella le gustaba, se sentía poderosamente atraído; pero no lograba recordar dónde había visto antes a aquella mujer.
Quedaron en verse al día siguiente. Aquel encuentro fortuito, fruto de las casualidades de la vida, les había unido de una manera especial.

Llevaban casi una semana saliendo todos los días. A veces iban a la playa, otras se quedaban en la piscina del hotel. Iban a alguna sala de fiestas o a pasear y navegar un rato. Los días a su lado se le hacían muy cortos. No tenía ojos mas que para ella, las otras habían pasado a un segundo o tercer plano.

Aquella tarde, mientras navegaban y veían la puesta de sol se lo dijo. Le dijo que la amaba profundamente. La amaba como jamás lo había hecho antes con ninguna otra; ni siquiera con Ágata. Ella lo miró fijamente y le acarició la mejilla. No le dijo si correspondía a ese amor.

Bajaron al camarote del yate sin dirigirse una sola palabra. Ella se situó frente a él y después de mirarlo intensamente largo rato, le dio una bofetada. Aquello le dejó atónito. Ahora empezaba a recordar. Aquella mujer, la dueña de su amor, no era otra que la morenaza de la playa que semanas atrás dejara la palma de su mano marcada en su cara.

No podía salir de su asombro. Pero ¿ por qué lo había hecho ésta vez?

- Quería estar segura de que sabías que era yo. Pero aún hay otra cosa que debes saber.
Cogió su mano y se la restregó por todo su cuerpo. Al llegar a la entrepierna algo le hizo dar un salto hacia atrás. Algo que no esperaba encontrar allí.
- Ese es mi secreto. Es lo que quería decirte. Me he dado cuenta que ni siquiera lo has sospechado y ya no podía seguir así por más tiempo.

Estaba realmente desconcertado. ¡ Ah el destino! A veces nos juega malas pasadas.

Él, el auténtico macho, el castigador de las nenas, el rompedor de bragas; estaba enamorado hasta la médula de un travestí. El mundo se le vino encima.


Capítulo 8º - E L E M I G R A N T E -


Jacinto se tenía por un buen hombre, trabajador como el que más, y amante de su familia. Vivía en aquella España profunda de la que todos hemos oído hablar alguna vez. Tenía una mujer y tres hijas. Aurora, la mayor, pronto se casaría y tendría su propio hogar. Le quedaban Rosa y Manuela, la menor, que todavía era una niña.

Acababan de pasar una guerra civil y las cosas no iban demasiado bien. Jacinto tenía deudas y la vida del campo no daba para mucho. Había cuatro bocas que alimentar además de la suya y por las noches le era imposible conciliar el sueño.

Decidió vender todas sus pertenencias, menos la casa; y se despidió de su mujer y sus hijas que lloraban desconsoladas. Se iba a América a hacer fortuna y volvería muy pronto con dinero para que la familia pudiera vivir con desahogo.

La última imagen que se llevó de su familia fue la de su mujer y sus dos hijas mayores llorando abrazadas y la pequeña Manuela en brazos de Rosa gritándole que volviera pronto, que lo esperaría siempre. De esta manera, con los ojos empañados dio media vuelta y puso rumbo al nuevo mundo que Colón descubriera una vez.

Los comienzos fueron duros y la situación no era nada fácil para tantos españoles que buscaban trabajo en esos países extranjeros del otro lado del charco. Pasó miserias y penurias hasta que por fin pudo encontrar un trabajo bueno que le permitía pagarse una habitación a medias con otro paisano, en una pensión barata pero limpia allá por la argentina ciudad de Córdoba.

Mientras tanto en España, la mujer y las hijas trabajaban en lo que podíamos. Había muchas casas que fregar y ropa ajena que planchar y lavar, era la única manera de poder sacarse unas pesetas para sobrevivir. América estaba muy lejos y padre casi no sabía escribir.

A los ocho meses recibieron el primer telegrama, el viaje había sido largo pero ahora ya tenía trabajo y en cuanto pudiese, regresaría al pueblo y todo sería diferente. A los dos años recibieron el segundo y último telegrama, las cosas no podían ir mejor y su situación económica había mejorado considerablemente.

Aurora aplazó su boda durante ocho años esperando el regreso de su padre, pero su juventud se marchitaba y con mucho dolor en su pecho se celebró la boda sin el cabeza de familia. Fue un día gris y estuvo empañado por una enorme tristeza por el recuerdo del padre ausente.

La madre murió doce años después, con la esperanza ya apagada y con los ojos hundidos de tanto haber llorado a su marido. Siempre decía que el día más inesperado, se presentaría con su maleta, vestido como un señorito y les daría una sorpresa a todas. Él era así, imprevisible. Pero no volvió nunca.
Rosa no pudo soportar aquello y apareció un amanecer colgada de la encina que había detrás de la casa. Su cadáver fue enterrado en la misma tumba en la que yacían los restos de su madre.

Manuela conoció a un buen hombre y se casó con él. Como las cosas estaban regular económicamente decidieron probar fortuna y emigraron a Colombia alejándose de tanto dolor y tantos recuerdos.
La suerte les sonrió y tras no poco esfuerzo, consiguieron establecerse en el país y llevar una vida cómoda aunque sin grandes lujos.
Tuvieron tres hijos y se sintieron para siempre parte de aquel lugar que les había acogido y les había abierto sus puertas.

Un día alguien llamó a la puerta de su casa. Era un indigente que andaba pidiendo limosna. Manuela le escuchó paciente e intuyó por el acento de aquel hombre que no era de por allí. Le preguntó por su procedencia y al decirle el mendigo que era español y la provincia donde había nacido, ella asombrada le pidió que precisase más pues conocía la zona y que le diese más detalles de su familia. El hombre, avergonzado por su acción en tiempos pasados rompió a llorar y le dijo el nombre de su mujer. Ella reconoció en este el nombre de su madre y le hizo pasar y sentarse con ellos a la mesa.

Yo soy Manuela y ésta es mi historia. Mi padre ha estado viviendo con nosotros durante tres años. Nunca nos explicó el porqué dejó de escribir y jamás pudimos sacarle una palabra de lo que había sido de él hasta entonces, pero durante todos los días de su vida me pidió perdón por haberse comportado tan cobardemente y por no haber estado al lado de mi madre todos aquellos años de angustia y desesperación. Murió el mes pasado rodeado de todos nosotros, mi hermana Aurora, su marido y sus cuatro hijos. Estaba contento por haber tenido la oportunidad de volver a vernos a casi todas.

Capítulo 9º - C A L L A D O A M O R -


Sentir su piel otra vez, ese era mi mayor deseo, mi mayor necesidad, mi mayor anhelo. Recordaba la alegría de su mirar, el calor de sus palabras, la ternura de sus besos, la caricia de sus manos...

Él. Él, que fue y ya no es. Él, que estuvo y ya no está. Tantos sueños, tanto en común...

Aquella experiencia no me había servido de lección, seguía echándole de menos, le adoraba como el primer día, como la primera vez. Recordaba cómo nos conocimos. Fue en unos grandes almacenes ya hace algunos meses.
Yo buscaba algo especial pero no sabía qué. El regalo ideal para sortear esos compromisos que te origina la vida moderna y no quedar mal.

Estaba desconcertada y de pronto le miré. Sus azules ojos estaban clavados en mí. Me acerqué lentamente y simulé interesarme por un objeto en concreto que él llevaba puesto.
Pregunté el precio y ello me dio opción a poder rozar su mano, blanca, pálida, inerte.

Cuando salía a la calle sentía su mirada clavada en mí, vigilándome, siguiéndome a todos lados y el caso es que me gustaba, me sentía protegida y deseada.

A esa visita siguió otra y otra y siempre era lo mismo, la incertidumbre de no saber qué comprar, la mirada fija sobre mí, la eterna sonrisa y la misma frialdad, la misma lividez. Pero era tan feliz, tantas historias diferentes, tantas cosas por decir...

Una mañana me levanté temprano, había tenido pesadillas toda la noche y no me encontraba bien. Me preparé el desayuno y salí de casa.

Me dirigí a los grandes almacenes a toda prisa, impaciente por ver sus ojos, por sentirle cerca, por calmar mi sed.
Acababan de abrir pero aún no dejaban entrar a los clientes. La espera se me hizo eterna, suspiraba de impaciencia y ansiedad a cada momento.

Por fin se abrieron las puertas. Me dirigí a la décima planta, la de siempre, la nuestra. Creí volverme loca, le busqué por todos lados pero no lo vi. Pregunté al dependiente:

- Sufrió una caída ayer al cambiarle el modelo y me temo que no tiene solución.

Creí morir al oír aquellas palabras. En su lugar había una rubia oxigenada con una minifalda verde y una mirada fría y seca.

Ya no volví a ir por allí. Mi corazón se partió en mil pedazos, no siquiera nos pudimos despedir, no pude darle el último adiós, el último beso...

Al salir estaba tan desolada que no sabía lo que hacía.
Comencé a vagar sin rumbo fijo, di vueltas y vueltas por la ciudad. A media tarde, cuando todavía no me había repuesto del duro golpe que suponía para mí su pérdida, me senté en el banco de un parque.
Unos abuelos me miraban desconcertados, una pareja paseaba su amor, ¡qué envidia sentí! Un grupo de niños jugaba al fútbol con una desmesurada excitación.

Cerré los ojos y me abandoné a mis pensamientos. Nos vi juntos en una playa de azuladas aguas, él me untaba bronceador por la espalda, sus manos eran cálidas, transmitían amor.

Le imaginé de viejecito sentado junto al hogar contando cuentos a nuestros nietos que le adoraban ¡Nos vi de tantas formas, viviendo tantas cosas...!

Las voces de los niños me devolvieron a la realidad. Algo había tropezado con mi pie, lo aparté con disgusto.

- ¡Eh, señora! ¿Nos pasa el balón?

Mis ojos no podían dar crédito a lo que estaban viendo. De repente ahí estaba, mirándome fijamente, había perdido un ojo y estaba muy desmejorado. Recogí su cabeza con mis manos y me levanté. Los niños no paraban de gritar:

- ¡Aquí, aquí!

La guardé en el bolso y comencé a caminar rápidamente, cientos de lagrimas salían de mis ojos. Escuche las voces lejanas de los niños que decían:

- ¡Eh, se lleva la pelota! ¿Está usted loca?

Ahora está aquí, en mi mesita de noche. Es lo primero que veo al levantarme y lo último que veo al acostarme. Sí, ya lo sé, no tiene cuerpo pero por lo menos me queda el consuelo de que estamos juntos.

He vuelto muchas veces a los grandes almacenes, pero jamás he vuelto a encontrar un maniquí tan apuesto como él.

Capítulo 10º - I L U S I O N E S -


Si alguna vez le hubieran dicho lo que iba a ser de su vida, jamás lo hubiese creído.

Juana vivía en un pequeño pueblo de la provincia de Zamora, donde ni siquiera había luz eléctrica por aquel entonces. En plena guerra civil apenas contaba la corta edad de seis años. Veía el pueblo revolucionado, su mente era incapaz de comprender cómo podía ser que entre vecinos se insultasen e incluso llegaran a amenazarse de muerte. Todo aquello le parecía parte de un juego, un juego cruel y despiadado que hacía temblar lo que encontraba a su paso, un extraño juego que apenas lograba entender.

Como era la mayor de cuatro hermanos, también era la encargada de ir a por agua al molino y de hacer la comida para ellos. Su padre estaba en el frente y su madre ya hacía lo que podía dejándose el pellejo en esos campos de Dios.

Una tarde que fue a lavar al río prefirió dar un rodeo por el monte, pues le habían advertido de la presencia de maquis en la zona y siempre había sentido curiosidad por saber si de verdad tenían las orejas tan grandes y unos enormes cuernos retorcidos.

Cuando llevaba un rato andando escuchó un ruido y enseguida dos hombres vestidos con ropas viejas y sucias se le acercaron. Les dijo que no llevaba comida y que iba al río a lavar. Los hombres le dijeron que mejor sería que fuera a casa por algo de comer, que ellos la esperarían en el río lavándole la ropa mientras tanto.

Juana les creyó y corrió hacia casa por algo de pan duro y un poco de queso de oveja. Al cabo de un rato llegó donde estaban aquellos hombres. Se habían vestido de mujeres con las ropas que ella había llevado a lavar y devoraban con voraz apetito los mendrugos y el queso.

Le dijeron a Juana que las ropas eran un préstamo y que se las devolverían lavadas y planchadas, o mejor aún, cuando acabase aquella maldita guerra le comprarían otras ropas nuevas.

Ella les creyó. Volvió a casa pensando qué le diría a su madre para explicarle la desaparición de las prendas y se le ocurrió que quizá su progenitora no pensara que fuera tan buena idea lo de esperar al final de la guerra para tener ropa nueva.

Le entró miedo y salió a correr en busca de aquellos dos hombres. Quizá ellos podrían ayudarla. Favor por favor, pensó ella.
Cuando los alcanzó, los dos hombres no podían dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo y menos aún a lo que sus oídos escuchaban.

- Pero niña, ¿cómo vas a venirte con nosotros?
- No seré una carga, puedo lavarles la ropa y hacerles la comida, cocino muy bien se lo aseguro.

Al ver que los dos hombres empezaron a andar de nuevo, Juana empezó a llorar desconsolada. No podía volver a casa y no tenía dónde ir. Uno de ellos le dijo al otro:

- Oye Paco, esta niña me da pena. ¿Por qué no nos la llevamos? No podemos dejarla aquí, se morirá de frío.
- ¿Te has vuelto loco, Andrés? ¿Sabes lo que estás diciendo?
- Sí, sé que es una locura, pero mírala, ¿no te da pena?
- Esta niña tiene una familia y un hogar, cosas que ni tú ni yo tenemos, ¿queda claro?

Los dos hombres siguieron andando sin volver la vista atrás y Juana corrió tras ellos pidiéndoles ayuda hasta que los perdió de vista. Empezaba ya a caer la noche, que prometía ser bastante fría, y ya ni siquiera sabía dónde estaba el camino de vuelta a casa.

Los lobos aullaban en la oscuridad y sus tripas empezaron a hacer ruido, más por el miedo que por el hambre que sentía.

Pasó la noche como pudo entre unos matorrales al abrigo de una cueva y a la mañana siguiente decidió emprender la marcha. Igual tenía un poco de suerte y encontraba algún pastor que le indicara dónde se encontraba el pueblo. Por muy grande que fuera la paliza que le pegara su madre, jamás sería tan terrible como vagabundear por el monte sin absolutamente nada que llevarse a la boca y más sola que la una.

Anduvo durante horas hasta que le salieron ampollas en los pies. A veces cantaba alguna canción para hacerse compañía y no sentirse tan sola, pero al final de la jornada cayó rendida al suelo, cansada, herida y hambrienta; pero sobretodo, muy asustada.
Pasados dos días de no parar de caminar y de comer sólo hinojos que encontraba a su paso, Juana perdió todas las esperanzas de encontrar su pueblo.

No había restos de vida humana por las cercanías y mataba el miedo soñando que quizá caminando se encontraría con el frente donde luchaba su padre y entonces él la llevaría de nuevo a casa.

Por las noches, a veces oía ruidos de bala lejanos. Intentaba orientarse en la oscuridad para saber, a la mañana siguiente, cuál era la dirección que debía tomar, pero por el día ya no recordaba de dónde habían sonado los tiros y comenzaba de nuevo a vagar sin rumbo alguno.

Una mañana la despertó una fuerte sacudida, pensó que quizá sería un terremoto. Ella nunca había sentido ninguno pero recordaba haber oído hablar a su abuelo de uno muy grande que hubo una vez, cuando él era joven. Después se dio cuenta que aquello que sonaba tan fuerte eran cañonazos y ella no estaba muy lejos de donde caían las bombas precisamente.

De repente sintió un fuerte dolor en el pecho y todo lo vio blanco. Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, Juana se hallaba postrada en una cama de algún improvisado hospital militar. A su alrededor había soldados que se quejaban, otros que leían cartas, otros charlaban entre sí. Asustada recordó lo que había sucedido, se acordó de su madre, de sus hermanos y de aquellos dos hombres y la ropa que iba a lavar al río y sintió pánico.

- No te asustes guapa, aquí estás a salvo - le dijo un hombre que estaba echado en la cama de al lado y que tenía vendada una pierna y una mano.
- Es que... no sé dónde estoy... mi madre debe andar buscándome y yo... debo volver a casa
- ¿ A casa? Allí es donde todos deberíamos estar, en casa. Calentitos, abrigados y bien comidos. Esta maldita guerra nos está matando a todos, a unos lo hace de forma literal y a otros nos mata por dentro que es peor. Tú y yo hemos tenido mucha suerte después de todo, hemos salvado la vida. Lo que me pregunto es qué diablos hacías fuera de casa a esas horas, el bombardeo fue de madrugada.

Juana rompió a llorar y el soldado intentó animarla como pudo.

- No te preocupes pequeña, ya verás como encontramos a tu familia - le dijo sin mucha convicción.

Al rato llegó una enfermera y la hizo sentirse algo mejor.

Pasados unos días Juana pasó a ser la "mascota" del hospital, su abanderada. Los soldados le cogieron cariño y la iban a visitar llevándole alguna flor, incluso uno le hizo un retrato.

Cuando se puso bien del todo decidieron que lo mejor era ingresarla en un orfanato. Allí por lo menos estaría con otros niños de su edad. Un hospital militar no era lugar para una niña de seis años.

Así transcurrió la infancia de Juana, en un orfanato con unas monjas algo quisquillosas. A veces, por las noches, soñaba que su madre y sus hermanos la venían a buscar y entonces volvían todos juntos al pueblo como si nada hubiera pasado. Al poco tiempo, su padre regresaba para siempre y todo volvía a ser como antes. Pero sólo eran sueños y la realidad era bien diferente.

En el orfanato apenas se relacionaba con los otros niños, no comprendía por qué aquellos soldados y aquellas enfermeras también la habían abandonado a su suerte en aquel horrible edificio de sucias y desconchadas paredes con aquellas monjas que le daban miedo y con aquellos niños crueles que le pegaban y la llamaban "la manca". Y es que aquella maldita madrugada, aquella potente y cegadora luz no sólo le arrebató para siempre la ilusión de vivir sino que con ella también se llevó su brazo izquierdo con un espantoso dolor y olor a sangre y muerte.


Ahora se puede ver a Juana por las calles del barrio chino, con un rostro apagado y una mirada totalmente muerta. Ha hecho de todo para sobrevivir y ya tiene sus propios clientes, pocos, pero fijos. A esos hombres les da morbo que le falte un brazo y dicen que sabe suplir muy bien su falta con otras cosas.


Capítulo 11º - B U E N R O L L O -


Ese es el tipo de gente que me revuelve las tripas y me hace vomitar. Alguien que se cree tan prepotente que todos deben bailar al son que él toca en el momento que a él le apetece, que porque dice una gracia el día que está de buen humor todos deben reírsela, que cuando está de buenas todos deben estarlo también.

Una vez conocí a un tipo así. Era profesor en la Facultad de Ciencias de la Información. Sus alumnos le odiaban porque los días que estaba de mal humor se dedicaba a insultarles y faltarles al respeto. Solía putearles a menudo en los exámenes poniendo preguntas sobre temas que ni siquiera habían llegado a dar o paranoias varias como una vez que en un final les preguntó la diferencia que existía entre una corchea y una blanca...
Los alumnos no se atrevieron a sublevarse y los pocos que entendían algo de música campearon el temporal como pudieron, "un buen periodista debe saber de todo"- solía decir.

Todos los días pasaba lista y ridiculizaba a los no presentes con una falta de moral y de ética profesional que tiraba de espaldas. El día que un alumno se le atravesaba ya podía darse por perdido porque ni una sola de sus virtudes saldría a flote, lo convertiría en el inútil más inútil de todos, en la persona menos válida del mundo.

Era un tipo que decía entender de todo, a veces se le iba la clase en elucubraciones sobre sus batallitas en diversas agencias de Nueva York, sus correrías por la Gran Manzana en las que no faltaba ningún detalle sobre sobornos, estafas, trapicheos con drogas y correrías sexuales de todo tipo.

Él era un hombre de mundo, un hombre que conocía los pormenores del mundillo, que sabía cómo y dónde conseguir la mejor noticia, la más jugosa. Su mejor excusa era que él se había alejado de toda esa vorágine porque había decidido consagrar su brillante carrera a la enseñanza para llevar a cabo un logro mayor aún si cabe, el de conseguir hacer de unos perfectos idiotas, periodistas cabales y bien formados; ardua tarea en la que aseguraba a veces hasta ponía en peligro su propia salud por la ineptitud de sus alumnos.


Su fijación era sacar continuamente a relucir noticias que tuviesen que ver con los campos de concentración, los nazis, los skins, los apaleamientos a mendigos y gays, los negros y demás subrazas(como él decía) le tenían sin cuidado. Cualquier excusa era buena para pasar unas diapositivas sobre Auschwitz o Mauthausen imágenes en las que se recreaba una y otra vez mientras una especie de mueca en su cara reflejaba cierto morbo tratando determinado tipo de asuntos.

Pero si contra alguien proyectaba sus frustraciones más recónditas era contra las mujeres; no había una sola alumna suya que no hubiese visto minado su orgullo ante la tiranía continua a la que todas eran sometidas, vejadas como meros objetos sexuales, como seres sin cerebro y sin alma a los que se puede humillar sin compasión alguna porque no tienen sentimientos.

Un día su violencia llegó a tal extremo que se ensañó contra una pobre muchacha que tuvo un par de problemas para acertar con algunos verbos en un artículo sobre las refinerías de petróleo en Kuwait.
Los ojos se le salían de las órbitas, las venas del cuello estaban tan hinchadas que parecía que de un momento a otro estallarían y su descarga fue tan brutal que hasta dos aulas más allá se hicieron eco de su monumental enfado.

A la salida de la Facultad un coche lo lanzó cuatro metros más allá del paso de peatones por el que cruzaba en aquel momento. Su recuperación fue tan lenta que necesitó años para poder volver a caminar, sin embargo, nunca llegó a recuperar el habla. Jamás volvió a insultar a nadie, por su boca no volvió a salir ninguna otra humillación.

Ahora no puede dar clases y se dedica a escribir algún que otro artículo para un periódico local y he visto su nombre impreso en la sección de "Cartas al director" despotricando contra la falta de vergüenza de los jóvenes hoy día.

Aquí en Wad Ras si tienes buena conducta no se portan mal contigo, algunos funcionarios hasta pueden llegar a comprender las razones que me incitaron a cometer aquel acto.
Yo por mi parte, nunca he publicado nada pero sí he conseguido el sueño de todo periodista: ver mi nombre en titulares aunque fuera en la página de sucesos; menos es nada.


Capítulo 12º - ¡ S ON R E I R ! ¿ Y E S O C Ó M O S E H A C E ? -


Nunca sabes cómo vas a acertar... Recuerdo cuando de pequeña en el colegio, me acercaba a las hermanas y les recitaba la lección del día a la hora del recreo pensando que aquello las haría felices... pero me castigaban a copiar por haber sido maleducada y haber interrumpido su descanso o alguna conversación.

Era tan frustrante sentirse así, así como me siento ahora. Es frustrante sentirse impotente, como si una apisonadora viniese directa hacia mí y yo estuviese paralizada sin poder hacer absolutamente nada de nada...

En casa era peor. Papá solía obligarnos a Layo y a mí a hacer aquellas cosas horribles... yo nunca quería pero él insistía una y otra vez en que no era pecado y que desobedecer a un padre sí lo era...

Lloraba todo el rato. Lo mismo que con Rafael. Recuerdo la primera vez... ¡fue tan desagradable! Yo pensé que realmente aquello dolía, que tenía que ser así porque no había conocido otra cosa y él se empeñaba en hacerlo una y otra vez, como lo hacía papá.

Esa fue la primera, pero después ha habido otras muchas... Intentar disimular los moretones no me ha servido de nada, al final son los que no se ven, los que van por dentro, los que más duelen. Los moretones del alma son los que más duelen... Y tú intentas seguir viva, sonreír por la calle y hacerles ver a tus hijos que todo va bien y que sois un matrimonio feliz.
Y vuelves de nuevo a esa angustia, a esa sensación de frustración de la que hablé al principio, la que te lleva a no querer ser nada, a desaparecer, desaparecer...

Cuando antes de venir a este hospital tomé todas aquellas pastillas no lo hice por mí, fue por mis hijos... para intentar agradarles, para ser una persona cabal y entera, para ser lo que nunca fui, una buena madre para ellos...

Creo que volví a equivocarme. La gente se encarga de recordármelo cada día y me hace reproches, como aquellas monjas, y yo vuelvo a sentirme pequeña como entonces, como me he sentido toda mi vida, como creo que sólo soy capaz de sentirme...

Y quieres agradar, quieres agradarte, pero eso está tan lejos de la realidad... Mi madre me decía siempre "A este mundo no se viene a otra cosa que a sufrir" y a eso es a lo que me he acostumbrado. Sonreír es para mí un ejercicio imposible, algo que tengo completamente olvidado.


Mañana será otro día